Adiós a un maestro

30 de octubre 2008



Jairo Martín M.

Ayer se fue un auténtico maestro, un fuera de serie de la capital del noroeste. La vida se quita la máscara una vez más para mostrarnos su alma caprichosa y miserable, para traernos de nuevo la tristeza y aclararnos que somos flor de pocos días.

La Gran Vía madrileña amanece fría, y el día ya es gris al recibir la noticia. Se vuelve entonces el mundo un lugar aún más vacío y la tarde se extingue amargamente, entre el bullicio de la gente y los coches. La tarde es entonces un teléfono desconsolado en el que apenas puedo contener la emoción.

Antonio Acevedo era muy amigo de mi padre, desde la infancia. Hay una innumerable cantidad de anécdotas que ambos comparten y que seguro ahora recordarán en esos bares, casinos y plazas celestiales que no cierran nunca. Además, fue su padrino de boda y el que pronunció las tan bellas y últimas palabras dedicadas a su persona en una lluviosa tarde del invierno icodense.

Pero más que todo eso, fue un muy destacado maestro en el Instituto Lucas Martín Espino, donde tuve la suerte de coincidir con él para intentar mejorar mis nulas aplicaciones matemáticas. Me decía que las utilizaba literariamente. Para explicar un procedimiento matemático lo llenaba todo de “por lo que, entonces”… Era muy bueno en lo suyo. Un genio. Llevaba los números consigo. Nunca le hicieron falta papeles ni libros.

Entonces ya lo conocía, de bastante antes, de verlo en el Casino. Allí vi una vez una libreta plagada de cálculos y teorías para lograr un mínimo de 12 aciertos fijos en cada quiniela, que por supuesto terminó consiguiendo. Allí vi a muchos alumnos que iban a preguntarle las dudas que quedaban en el aire tras las clases de por la mañana. Allí desde pequeño lo veía, yendo y viniendo, de un lado a otro de la barra, manteniendo cualquier conversación, pues ésa era su manera de hablar, en constante caminata.

Allí en el Casino, Marino, con quien compartía una inmensa admiración mutua, me contó que fue a verlo en estos últimos años a una oposición a cátedra y que sabía tanto que con un sólo punto del temario se pasó del tiempo. Allí perdí tantas veces con él al ajedrez, y lo vi jugar como nadie, y exhibir su lucidez entre aquellas mesas viejas, como un genio icodense, entre banales ludos y discursos desfasados. Y en las tardes del domingo, de lluvia y fútbol, de gente; y en los viernes, sin apenas un alma en la barra, era entonces otro habitante más entre los desgastados muros de esa segunda casa nuestra que es el Casino Centro Icodense. En acta consta su aliento, su lucha, las ideas y mejoras de años y años que se llevaron a cabo por su propia iniciativa.

Queda ese Casino aún más huérfano, ya sin Chadre y sin él, verdaderos clásicos de por allí, y se queda Icod sin una gran persona. Y uno ¡jodido!, que ve cómo todo se va al carajo, y lejos…

Quiero quedarme hoy con el recuerdo de sus pasos en la mojada piedra de la plaza, yendo a ningún sitio, girando y girando, la mirada perdida, y el humo, que tras su figura se desvanece...