D I S E R T A C I Ó N
Día Mundial del Turismo
Revista hablada "La Comarca" 25.9.08

Agricultura turística


27 de septiembre 2008



Miguel Ángel Reyes Lemus
Estudiante de Periodismo en la Universidad Pontificia de Salamanca

Vicente habla con melancolía. Parece añorar aquel pasado en el que, según él, todo el mundo se conocía y se respetaba. Tiene un tono de voz fuerte, seguro de sí mismo. Siento en su manera de hablar que detrás de cada frase, de cada expresión y de cada suspiro hay un consejo oculto hacia mí y hacia la juventud en general. En el fondo, habla con gran seguridad ya que sabe bien cuál es su objetivo: demostrarnos a los más jóvenes que el ritmo de vida que se llevaba antes no era peor al de nuestros días.

Y desde esta actitud van pasando los minutos de una distendida entrevista, que se realiza en un marco incomparable: su propia casa, en el barrio de Los Piquetes. Un lugar lleno de antiquísimos elementos decorativos. Por eso, en un ambiente de continua reminiscencia  hacia el pasado es imposible hacer desaparecer la nostalgia. Es, en cierta manera, muy complicado que Vicente cuente algo sin que se separe de la melancolía, de aquellos tiempos en los que, según él, se vivía mucho mejor que ahora. Intento no negarle tal cuestión, no por miedo ni por superioridad,  sino por respeto y por haberme hecho dudar.

Pretendo con nuestra conversación que este agricultor icodense llegue a una conclusión: ha vivido siempre de la agricultura, pero no tal y como él la entiende. Quiero que se dé cuenta de que ha subsistido desde que nació hasta el día de hoy gracias a la agricultura turística. La entrevista, a partir de entonces, no es más que una sucesión de argumentos que vienen a justificar dicha idea. He aquí la evidencia.
       
A principios de la década de los años cincuenta, con solamente nueve años de edad, Vicente empezó a trabajar junto a su madre y a sus ocho hermanos. En el agrícola barrio icodense de Santa Bárbara, la familia Abreu cultivaba lechugas, tomates, higos, perejil, arbejas, duraznos… Un sinfín de productos básicos que tres días por semana iban a vender al Puerto de la Cruz.

Solían salir caminando desde Icod, rumbo a la ciudad turística, a las 3 de la mañana. Una vez allí, recorrían los hoteles más famosos para vender verduras y frutas. Más tarde, esos frutos de la tierra icodense se convertirían en almuerzos o cenas de los turistas extranjeros que visitaban por aquel entonces Tenerife. Bajaban por Los Realejos hasta llegar al Hotel Taoro, para luego bajar al Hotel Monopol  y al Hotel Marquesa.

Las cocinas de estos hoteles, entre otros, se llenaban los lunes, miércoles y viernes de los productos frescos cultivados por los hermanos mayores de Vicente. Pero no sólo de su familia. “Además de mi madre Alejandrina, también recuerdo que al Puerto iban a vender María Turrada y Dorotea, de Icod; y Lola, de Buen Paso”. Con estas palabras entiendo que aquellos años no eran pocas las familias icodenses que vivían directamente del turismo. Y no solamente gracias a la venta de productos agrícolas a los hoteles; también los turistas más curiosos acostumbraban a ser compradores directos. “Solían comprar muchas moras”, recuerda Vicente.

Estos mismos turistas, aquellos de los años cincuenta, presumían de ser curiosos. Les fascinaba lo diferente. Por aquel entonces, el norte de la isla de Tenerife era bien distinto a sus países de origen. El retraso económico, social y cultural era un atractivo más para estos visitantes. Prueba de ello es que solían pedir información a los vendedores sobre el Drago Milenario, o sobre la forma de cultivar aquellos frutos que se les vendían.

Además, daban muy buenas propinas; incluso, tal como cuenta Vicente, “eran mejores que las que dejan los turistas hoy en día”. ¿Y por qué sabe este agricultor qué tipo de propinas dejan hoy los turistas?

En realidad, tengo la sensación de que los conoce mejor que cualquier recepcionista de hotel de cinco estrellas. A día de hoy, trata con ellos directamente. ¿El motivo?: Casa Rural Mortero; una casona canaria unifamiliar rodeada de una extensa finca donde se cultivan ciruelas, papas, manzanas…

Ahora, suizos, holandeses y alemanes visitan este paraje único en los altos del municipio de Icod de los Vinos. Algunos han llegado a definir el lugar como “un pequeño paraíso”. Cuando hablamos de Mortero, a Vicente le cambia la voz. Está más que orgulloso de ser dueño de una casa de estas características, que muy buenas noticias económicas les ha traído a él y a toda su familia.

Cuando creo que Vicente ya es consciente de que sigue viviendo del turismo, me vuelve a repetir que él realmente ha vivido siempre de la agricultura. Yo le hago ver que, gracias a que ha destinado Mortero al turismo rural, la finca sigue estando sembrada y bien atendida. Se convence. Y admite que si no fuera por los turistas, él no cuidaría con tanto esmero este solitario lugar.

Una vez llegados a este punto, le pido que me explique diferencias y similitudes entre los turistas de ayer y hoy.  Vicente lo medita en un breve espacio de tiempo. Tras sus palabras acabo entendiendo que tanto en los años cincuenta como ahora, los turistas siempre han sido muy curiosos en cuanto al mundo agrícola comarcal se refiere. De hecho, en la actualidad muchos se interesan por los frutos y las formas de cultivar en la finca. Incluso, hay quienes se ofrecen a participar en las labores agrícolas.

Gracias a la conversación con Vicente he corroborado lo que en un principio para mí no era más que una suposición: gran parte de la agricultura de la comarca Ycoden Daute debe su existencia al sector turístico.

Es entonces tarea de todos, como miembros responsables de la sociedad en la que vivimos, cuidar con esmero ambos sectores interdependientes. En otras palabras, mimar por igual tanto a la agricultura como al turismo. ¿Por qué? Se me antoja complicado  pensar que, en esta comarca del noroeste de Tenerife, el turismo pueda vivir sin agricultura; y que la agricultura pueda vivir sin turismo.

Gracias a historias vitales como la de Vicente soy más consciente de la fuerza que toman las nuevas generaciones. El poder, en el fondo, está en la juventud. Por ello, habrá que hacer caso al que fuera secretario general de Naciones Unidad, Kofi Anan, cuando dice: “Una sociedad que aísla a sus jóvenes, corta sus amarras y está condenada a desangrarse”.

En esta zona de Tenerife, los más jóvenes pueden presumir de una formación cada vez más exquisita. Gracias a las populares y prácticas lecciones de nuestros abuelos y las ideas adquiridas en universidades de toda Europa y en ciclos formativos cada vez más completos, los jóvenes tenemos el deber moral de demostrar que somos capaces de mantener en esta tierra el binomio turismo-agricultura. O mejor aún, la realidad de la agricultura turística.