OPINIÓN
El comentario de un icodense desde Castilla y León



Ojalá mis nietos se enfaden conmigo

03 de julio 2008



Miguel Ángel Reyes Lemus
Estudiante de Periodismo en la Universidad Pontificia de Salamanca

He estado estos últimos días de visita por toda la Isla de Tenerife. He recorrido desde Masca hasta La Esperanza; desde Garachico a Fañabé; desde Santa Cruz hasta El Médano; desde Icod hasta Puerto de la Cruz… Y tengo que reconocer que gracias a este paseo por nuestra isla pude recordar lo afortunados que somos los que vivimos aquí.
 
Sí. Somos muy afortunados por residir en Tenerife; pero también seremos vilipendiados en los próximos siglos por haber sido los tinerfeños que osaron a destruir los paisajes más idílicos de la Isla. Mis nietos -o al menos eso espero- me reprocharán que mis abuelos, mis padres y yo no hayamos entendido eso del desarrollo sostenible.

Posiblemente, mis nietos no me perdonarán jamás mi pésima pasividad ante la destrucción incontrolada, egoísta, sucia y corrupta que sufre en estos momentos esta ínsula canaria. Jamás seré capaz de justificarles a ellos lo que a día de hoy se entiende como progreso, en una Isla llena de un temido y falso sentimiento nacionalista que tampoco entiende de respeto al medio que habitamos.

¡Habrá tantas y tantas cosas que no podré ni sabré explicar! Por ejemplo, ¿cómo les explico el poco interés de nuestras autoridades por las tercermundistas listas de espera en la sanidad isleña? ¿O cómo les explico que nadie se manifestara en contra de la construcción del Tren del Norte y el Tren del Sur? ¿Con qué cara les hablaré de la falta de planes de emergencia en una isla eminentemente volcánica? ¿Qué les diré cuando me pregunten acerca de la construcción de más y más camas turísticas en el sur de Tenerife?

Pues les diré que en tiempos atrás nadie, o a casi nadie, le daba importancia a los recursos de los que dispone y presume la Isla. Les hablaré sin tapujos de las miserias políticas que rodean a todos los ayuntamientos. Les comentaré que las siglas políticas beneficiaban a aquellos municipios amigos del Cabildo. Y les mostraré un pasado del que yo me arrepentiré constantemente.

No  se trata ahora de ser verde, ecologista o apuntarse al carro de la moda medioambiental. Lo hecho, hecho está. Y la destrucción que sufre nuestra Isla es irreversible. Pero ahora hay que trabajar para que mis nietos se den cuenta de que en el pasado, en nuestro presente, no se seguía un modelo adecuado de desarrollo, de progreso social, económico y cultural.

Tenemos que trabajar para que nuestros nietos sean capaces de reconocer en un futuro que el modelo seguido en el pasado rompía cualquier lógica. Tenemos el deber moral de enseñar a las nuevas generaciones que una economía basada en el cemento y la producción de viviendas es una economía abocada al fracaso.
Si conseguimos todo ello, estaremos logrando cambiar el futuro de nuestra isla de Tenerife. Lograremos este objetivo cuando mis nietos sean capaces de reprocharme que en el pasado casi acabamos con los paisajes de nuestro territorio.

Para que mis nietos no se enfaden conmigo, gritaré bien alto: no al Anillo Insular y no al Tren del Norte. Sí a la Sanidad, a la Educación y al Bienestar Social de todos los tinerfeños.