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Largo invierno icodense

26 de enero 2012 ::::::::::::::::::::::: Para Pastor Díaz


«Monotonía de lluvia tras los cristales», escribió don Antonio Machado una tarde de mortal aburrimiento allá en sus castillas profundas. De Icod se podría afirmar otro tanto ―¡monotonía de lluvia tras los cristales!―, porque no pasa nada absolutamente en la desconsolada rúa de nuestra Santa República. Por no pasar no pasa ni una monótona o triste lloviznita para bien citar a don Antonio.

Creo que en los sillones regios de San Agustín ya se ha instalado un invierno congelante, paralizante, petrificante, anonadante. Un largo invierno sin ideas, un largo invierno sin fervor, un largo invierno sin inteligencia. Un poeta inglés, T. S. Eliot, escribió: «Abril es el mes más cruel». Está claro que no sufrió un enero tan descorazonador como el nuestro, este enero invernal interminable en el que por primera vez en muchos años, y contradiciendo la vieja frase, se está más calentito en la oposición que en el poder. Y tanto… Los que están no saben y los que deben no quieren.

¡Ay! Pastor querido, como la historia contemporánea de nuestro villorrio siga por este camino, un día de estos vendrán en coche de agua negra los agentes de Expedientes X, Mulder y Scully, y hallarán en el Ayuntamiento los restos fosilizados de algún socialista que, a fuerza de no moverse, como los místicos del Tibet, se quedó como la mojama.

Se comenta en los pucheros que, mientras en las calles de Icod nieva una densa nada, una nieve invisible que deja las calles blancas, casi transparentes, llenas de pena, Juan José Dorta sigue cabalgando en su Clavileño de fantasía y palo atravesando los cielos de estrellas, sonriente y feliz, rumbo al Calvario; digo, al Juzgado.

Y la pepera Isabel García, con una corona de papel maché sobre sus rulos, sueña embebecida con elevarse algún día hasta el gobierno de su ínsula de Barataria. (Me gustó aquel grito de guerra lanzado en pleno fervor de la campaña electoral: «¡Quiero ser la primera alcaldesa de Icod!», dijo, y todos aplaudieron la vehemencia. Creí ―creímos― que se trataba de un eslogan de pega, y no un dogma de fe adventista. Ya se sabe, de tal palo...

Y luego anda por ahí Francis González, ejerciendo de sapiente, escurridizo y flemático Maquiavelo que se sienta a verlas venir y espera y espera y espera… Debo admitir que a estas alturas lo prefiero más a él que a la Queen pepera o al redivivo Dorta.

Y mientras tanto Moncho ―ese Sócrates sin reino que aceptó la cicuta― va y viene de la capital al terruño dejándose las ideas prendidas en las horas muertas de la carretera.

Y así, queridos míos, gente de buena paciencia y feligreses en general, así va pasando el día, y la semana, y el mes, y el año, y hasta el siglo, en una flojera que tiene a los icodenses desconcertados, decepcionados, entristecidos, atolondrados.

¡Ay! ¡Monotonía de lluvia tras los cristales!


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