ÚLTIMA HORA

 



Los sueños despiertos

08 de marzo 2010


No hace mucho, en una de mis clases particulares, un alumno pendenciero me retó con una disquisición filosófica de esas a las que uno regresa más tarde, con no poca angustia, mientras se toma el carajillo solitario por esos cafetines de Dios. ¿Qué pasaría si una de estas tormentas perfectas, como ahora las llaman, una de estas ventiscas ardientes arrancara el viejo Drago de nuestra Villa? Revuelo de comadres, respondí de inmediato para acallar al pupilo y proseguir con la lección. ¿Quiere decir eso, querido profesor, replicó el discípulo, que usted no se personaría en la Plaza, codo a codo con la populi, para erigirse en testigo de tan histórica jornada? No posiblemente, mentí. Me mordería los puños de risa, me unciría al pupitre y renunciaría por todos los medios a publicitar mis gustos y humores. Pero el alumno prosiguió su calvario. “Ergo a usted le encantaría que se viniera abajo el gigante Drago, ¿no es eso, profesor?” Hombre, Benito, no exactamente, no exactamente, alegué. A mí esas cosas me dan un poco lo mismo, porque uno es un intelectual, y debe estar por encima de esas contingencias costumbristas. Mira, Benito, si por un casual una ventolera alocada nos privara del mítico pimpollo se formaría la de los macabeos en la calle, incluso alguno de estos aldeanos correría a palos por las calle en busca de un buen lomo que adobar. En la prensa opinarían los sabios de todo y en los mentideros municipales se cortarían cabezas con guillotinas de metáfora. Al concejal de árboles del santo consistorio se le iba a caer el pelo… En fin, sentencié, asuntillos mundanos por el estilo, pero a los pocos días, como mandan las leyes de las tripas y las faltriqueras, cada mochuelo a su rama. El alumno al fin humilló su cabeza y marchó entre dubitaciones. No terciarían dos soles de esto cuando, durante la madrugada, soplaron de nuevo los vientos sobre el querido Valle. El traqueteo ventanil del caserón me sacó del descanso y me llevó como a un insomne  hasta la terraza. Otra vez los céfiros febriles corrían por las calles aullando como penitentes del limbo, arrastrando toda clase de papelerías y menudencias. Recordé a mi filósofo discípulo. ¿Qué hijo de estos lares no ha ensayado alguna vez con la idea de leer en las cabeceras de la prensa “El Drago vencido por un soplido”, o “El viejo árbol doblegado por la vejez”? En seguida me imaginé andando por las callejuelas de la madrugada, furtivo, sibilino, anciano, pisando bajo el secreto de mi capote los adoquines iluminados por la luna loca de los vientos. Caminaba cojitranco hacia la Plaza mientras algo me decía que esa noche solitaria de tempestades alcanzaría lo que todos los aldeanos de Icod, cultos o zopencos, hemos soñado con delirio ferviente alguna vez. Cuando alcancé la glorieta y divisé entre las penumbras nocturnas de las farolas el otro lado del muro (que por cierto, ni en sueños había menguado un palmo) mis ojos me llevaron de un tranco hacia el gran árbol, erecto, soberbio, indudable, rajasueños… ¡Pero es que no lo veré jamás, pensé, es que ni en mis mejores fantasías va a caerse este hijo de…! Cuando volví en mí todavía estaba en la terraza, en pie como un bobo, soñando despierto. Mejor será volver al catre, me dije, amarrarme al mástil como el viejo héroe y no dar caso a pedorretas de sirenas.




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