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| La humildad Para Víctor Ruiz, en recuerdo de nuestros primeros años de aprendizaje
“Años de aprendizaje” llamó Salvador Espriu a toda su longeva experiencia con la poesía. Qué humildad tan sincera y paciente la del genial poeta catalán, ¿no les parece? Pero la humildad no es simplemente una forma de ser. No para el poeta. Para él, la paciencia y la humildad, es el alfa y el omega de su sueño creador. Un poeta sin esas cualidades, sin humildad, está condenado a quedarse un día sordo, ciego y mudo. Por ese orden mágico. Un poeta impaciente jamás alcanzará su sueño definitivo, el camino se le hará largo y lo abandonará, hastiado. El largo camino del aprendizaje poético puede conducirte un día hasta un gran desierto vacío por completo. No hay nadie en la extensión sin límites. De pronto estás en medio de la nada y la arena asfixia tu voz. Ya no sabes escribir ni soñar una sola palabra para un poema. La experiencia poética que has atesorado con los años se disipa como un poco del polvo que el viento arranca de tu mano. Es así de simple. Creo que llevo unos cuatro años sin escribir siquiera un verso. Por algún motivo, el ímpetu que años atrás me concedió la gracia de componer un hatadijo de poemas ha huido de mí. Ahora una parte de mi vida está completamente vacía, abandonada, como las ruinas al viento que ha descrito Borges en alguno de sus relatos. ¿Por cuánto tiempo? ¿Qué longitud tiene este camino yermo que he de atravesar? Sé únicamente que, preso por la melancolía, miro mis libros escritos y sólo una palabra razonable surge en mi cabeza: milagro. Un auténtico milagro que (ahora lo sé) jamás ha dependido de mí. Recuerdo que cierta vez le pregunté al poeta Melchor López si no le causaba pavor quedarse mudo un día y averiguar de pronto que ya no podía o no necesitaba escribir poemas. Se río mientras dejaba escapar de sus pulmones una bocanada de humo. Dijo que aquello no le preocupaba en lo más mínimo, ¿acaso iba a importarle al mundo? Por mi parte, creo que el poeta debe ser absolutamente humilde y encajar el más que posible hecho de que su voz sea arrasada por un viento de silencio. Porque no debe creer jamás que fue él quien una vez escribió sus poemas. No fue así; nunca ha sido así. Los poemas, como pensaba Rimbaud, los escriben los otros “yoes”. El poema aquel que escribimos dentro de un coche, aparcados en la cuneta, y a toda prisa porque se nos olvidaba, nos fue dado por el mundo, por los hombres. ¿Hubiera sido posible su existencia si precisamente no existiéramos entre los hombres? Así lo quería Lautremont, y así es. Sólo el silencio es enteramente nuestro. Años de humilde aprendizaje, toda la vida hasta la muerte, y después, silencio. Aprender que surgió sin nosotros y que sin nosotros desaparece.
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